El peligro del amor

La primera vez que la vi, caminaba descalza por la calle; digamos que levitaba y por eso no usaba zapatos. Pertenecía a ese club exclusivo de mujeres que quitan el hipo, que activan nuestros instintos más primarios, que primero aderezan nuestra vida con picante y luego lo revuelven todo, pretendiendo guisarnos con patatas.

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El orgasmo

El último miércoles de cada mes era cuando Lucía aprovechaba para masturbarse y alcanzar el orgasmo. Era el día en el que los niños nunca se perdían la clase porque tocaba diapositivas de dinosaurios, su marido salía de la ciudad para la reunión mensual del consejo, la interna hacía la … Leer más

Segis

Segis nació por imposición. Su padre se empeñó en perpetuar su apellido y su madre, sumisa, fabricó la placenta, el cordón umbilical y lo expulsó al mundo. Hasta los seis años fue como un trofeo de caza, de los seis a los doce un cervatillo herido y de los doce a los dieciocho un macho con los cuernos afeitados y la zona de influencia vallada con alambrada eléctrica.

Segis voló de su casa a los treinta tres, con el título de Historia en el bolsillo, la experiencia laboral de un bebé de seis meses y la cuenta bancaria de un indígena del Amazonas. Sus padres le alquilaron un pisito en el centro de Madrid, cerca de su barrio y Segis volvía al nido a diario para tomar su ración de sopa y carne.

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Marcos

Tras noventa minutos de sudoroso y denodado esfuerzo, guiada por las órdenes de la matrona y jaleada por enfermeras y por su propio marido, la mujer trajo al mundo a un niño. El padre miró asombrado al pequeño, y no tuvo más remedio que confirmar todas y cada uno de las advertencias de algunos de sus amigos, ya padres expertos, que insistían en la caricatura de persona que era un recién nacido; pero intentó convencerse a sí mismo de que, una vez aseado, vestido y bajo el prisma del amor incondicional, huiría cuando menos de la imagen que ahora le venía a la cabeza: aquel ser digital de la película de El señor de los anillos que suplicaba que le devolvieran su tesoro.

Con una sonrisa que venía a decir más o menos “no sabes la que te espera”, la matrona le plantó al bebé entre sus brazos. Se resistió a llamarle Marcos, nombre convenido con su mujer, o hijo, más genérico pero que, pensaba, comprometía mucho más. Le sujetó la cabeza como si agarrara una valiosa joya y observó que de sus pequeños ojos, precozmente abiertos, procedía un leve tono azulgrana que plantó la primera decepción en su cara.

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