2511 años después

Dos mil quinientos once años después, Alejandro sigue allí, amarrado a la Tierra desde el día de su decimoctavo cumpleaños, dieciocho años que prefería no haber cumplido nunca; como vaticinó su hermana mientras escupía la maldición, te espera una eternidad de agonía y soledad. Dos mil quinientos once años después, su apariencia física no ha cambiado ni un ápice, la tersura de su piel continúa retando a las plumas de ganso aun cuando ya no queda ninguno sobre la tierra, la suavidad de sus rasgos desafía a vientos, lluvias y cruentas sequías, la dentadura se aferra a sus encías estoicamente, la melena sigue ondeando al viento… Todo sigue tal cual lo profetizó su hermana Rosaura dos mil quinientos once años atrás.

Alejandro desconoce, como desconocía entonces, la fuerza de voluntad de Rosaura, capaz de doblar el acero como si fuera un chicle o levantar una ciudad de cristal en un suspiro. Su infancia común está llena de zancadillas, chivatazos y tirones de pelo, pero todo a la sombra de una presencia resbaladiza, que nunca supo concretar. A su hermana la sorprendió en multitud de ocasiones husmeando en libros de tapas rocosas, con dibujos perfilados a pluma y rasgos escritos a mano, mientras murmuraba párrafos enteros intentado memorizarlos, o directamente los anotaba en papelillos que atesoraba en su mesilla.

Dos mil quinientos once años es mucho más que una eternidad. Desde su privilegiada atalaya Alejandro contempla el mundo, la hecatombe de naciones y la fundación de otras, el ocaso de energías, el nacimiento de especies, el absurdo, la genialidad. Y todo ello a la sombra de un cuchicheo, de un ojo furtivo, de un gesto esquivo, de una suerte de entidad invisible que parece delinear su destino, apartarle de enfermedades y envejecimientos, acariciar su melena y gobernar su alma.

Alejandro es consciente de que ha soñado en muy contadas ocasiones. Por eso recuerda un sueño con la claridad del foco de una sala de interrogatorios: una piscina, un corro de niños chillando como nutrias, un grupo de madres cuchicheando como porteras, un socorrista perdido entre los senos de una señorita empalagosa. Un crío de cuatro años pierde el apoyo y resbala por el borde de la piscina como cuchillo por manteca. Nadie percibe la tragedia, nadie tuerce el cuello ante los gritos del niño. El niño es Alejandro, y le quedan escasos segundos de vida. Poco antes de los títulos de crédito, una mujer que lo ha visto todo desde un montículo, compone lo que parece va a ser un escupitinajo, entrecierra sus ojos, levanta los brazos en actitud de escorpión y el niño es rescatado de las fatales aguas y depositado en la orilla con un susto morrocotudo. Y se despierta.

Por sueños como ese, y porque pulula por la Tierra desde hace dos mil quinientos once años sin variar un milímetro su morfología, Alejandro se sabe preso de una maldición. Mil veces ha intentado matarse, de mil maneras diferentes, en mil escenarios opuestos, y la inmortalidad ha recibido como respuesta. En una ocasión estuvo a punto de conseguirlo, su barriga rajada de arriba a abajo, sus intestinos tomando el sol una mañana abrasante en el Cañón del Colorado, pero volvieron a su sitio como un cable succionado por su aspiradora. En otra oportunidad se arrojó desde el telesférico de la Casa de Campo de Madrid, y aunque su cuerpo quedó achatado como un sandwich, se rehizo de camino al tanatorio. Tras provocar sendos ataques al corazón a los conductores del coche fúnebre, Alejandro salió de allí por su propio pie, fumándose un cigarrillo a ver si así…

En sus dos mil quinientos once años de inmortalidad Rosaura siempre ha estado allí. Como una presencia, como un dejà vu, como el reflejo de un espejo quebrado, como el eco que se va distanciando, como una imagen desenfocada por la miopía, como una melodía encadenada a un recuerdo, como una estúpida palabra atrapada bajo la lengua dos mil quinientos once años, una última palabra que se resiste a ser pronunciada, que retrasa el momento de ser escrita, de finalizar la sentencia maldita, aquella que terminará con todo, que levantará el castigo a Alejandro, que le permitirá retirarse al olvido, soplar las velas de su decimooctavo cumpleaños y lanzar al viento su deseo, que acabe todo, que cierre los ojos y al abrirlos no haya más que oscuridad.

Rosaura moja la pluma en la tinta por última vez, escribe FIN, alinea las hojas del cuento satisfecha y lo envuelve en papel de regalo para su hermano Alejandro, dieciocho años ya, toda una vida por detrás y una mucho más incierta por delante.

 

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